DEMOCRACIA EN CRISIS

En la escuela te hablan lejanamente de democracia, de tu poder de participación, de elección, de decisión.  te enseñan de democracia y un día, entran las listas con sus candidaturas, vienen  para representar a los estudiantes, llevan en sus bolsillos dulces, en sus manos globos, en sus caritas pintadas promesas: de la fiesta de navidad, del amigo secreto, del buzón del amor. Los colores de las listas identifican sus propuestas, y en ese momento, en la escuela, cuando decidimos si queremos el paseo de fin de año o las pintucaritas el día del niño ejercemos democracia.

Así, mientras crecemos: decidimos, pensamos, participamos, desde los distintos espacios. Muchos aventurados y dispuestos a dar la cara por los demás, a representarnos, van perfilándose para ocupar los cargos de elección pública, porque les gusta, les apasiona o porque como dicen es un “don innato”, que les permite encarar la participación como candidatas o candidatos. Otros desde espacios más pequeños, igual participamos, pero todos, somos importantes porque accionamos los procesos que nos permiten funcionar como sociedad.

Ya de adultos: los colores, las propuestas, la esperanza, ya no por los dulces, ni las fiestas, sino por intereses un poco menos coloridos: seguridad, trabajo, educación y desarrollo son lo que traen los candidatos en sus manos, en sus discursos. Y nosotros, en democracia, decidimos creer en sus propuestas. Ese poder de elección debe estar sin duda respaldado por fundamentos indispensables de: libertad, igualdad y respeto, por las alternativas propias y ajenas.

Los electores somos variados, algunos revisamos los planes, algunos nos sentimos atraídos por sus discursos, su trayectoria, porque coinciden con nuestros intereses o simplemente los candidatos nos parecen simpáticos. Nuestro voto, dado por cualquiera de estas razones, sigue siendo igual de valido y eso es la democracia o al menos eso parece.

Entonces, un día de agosto del 2023, la sorpresa para todos, el Candidato Fernando Villavicencio, es abatido modo sicariato en las afueras de un mitin político. Un candidato, en nuestra “perfecta democracia”, es asesinado. La participación política y sus distintos colores quedan entonces manchados. Los ecuatorianos estamos en Shock, sin importar los colores de las listas que nos gusten o apoyemos, estamos en shock. Las y los ecuatorianos nos sentimos desvalidos en este país, nos sentimos inseguros, perdemos la fe.

Más allá de la ideología, de la propuesta política del Candidato a la presidencia que ha fallecido, había una persona, un ser humano. Un individuo ha sido asesinado mientras ejercía su derecho a participar en las elecciones. Un “alguien”, fue despojado de su vida mientras ejercía sus derechos políticos. Puede que su ideología o su visión haya o no estada alineada a muchos de nosotros, sin embargo, hoy Ecuador sufre.

Los discursos que podamos dar frente a su muerte, en nada cambian la realidad del país. Mensajes circulan en redes, en medios de comunicación, banderas enlutadas, rostros desconsolados, y en la ciudadanía:  la sensación de vacío. Nos asusta la política, nos asusta la democracia, nos preocupa el país en el que se ha convertido Ecuador. ¿Qué hacer entonces?, ciertamente es una pregunta difícil, sin embargo, con seguridad se puede decir que en este momento necesitamos unidad, no más discursos de odio, no más segregación, paremos por un momento de acusarnos unos a los otros y señalar culpables, estos días, no debemos dar espacio a eso. Nosotros, los ciudadanos, somos los más perjudicados, y, por tanto, saber que el odio no vence al odio es ahora nuestro principal menester.

No se puede normalizar la violencia, ni el terror ni la muerte. Dar un respiro es necesario, reconstruir nuestra sociedad aún más.  Que el terror no nos domine y que él, Fernando, descanse en paz.