La nostalgia de migrar: entre costumbres, sabores y recuerdos

Dejamos atrás nuestro hogar, empacando ilusión, entusiasmo y la esperanza de tiempos mejores. Nos despedimos con lágrimas de la familia y los amigos, emprendiendo un viaje sin retorno definido. Migrar no es fácil. Adaptarse a un entorno nuevo, aprender un idioma (aunque a veces sea el mismo español) y comprender una cultura diferente no es sencillo. Migrar implica aprendizaje, paciencia, tolerancia y fortaleza. A veces enfrentamos prejuicios, comentarios desatinados y maltrato. Nos ven como “EXTRANJEROS”, nos acusan de problemas ajenos, como la falta de empleo o la delincuencia, y pagamos todos por las acciones de unos pocos.

Es doloroso ser juzgados sin que nos conozcan, pero con el tiempo nos volvemos resistentes y aprendemos a no darle importancia. No todo es negativo: la seguridad, las oportunidades laborales y la calidad de vida son aspectos que podemos agradecer, y que en muchos casos son mejores que los que teníamos en Ecuador. El desafío es aprender y adaptarse sin perder nuestra identidad. Al fin y al cabo, no se trata de imponer nuestras tradiciones ni de criticar las ajenas. La clave es integrar lo mejor de ambos mundos.

Es miércoles y estoy sola en casa. Mientras trabajo, me conecto a un evento en vivo de Facebook. El Ballet Mascha Danza se presenta y, sin pensarlo, me levanto a bailar sola. Al poco rato, el programa incluye una canción de Papaya Dada con Alberto Plaza, “Apostemos que me caso”. Aunque no me sé la letra, la melodía me resulta familiar, y empiezo a recordar otras canciones ecuatorianas que antes solo escuchaba en las fiestas familiares. Sonrío y digo: “Así debe sentirse la nostalgia”.

Lejos de Ecuador, la nostalgia me hace apreciar lo cotidiano. Estoy en un país con una variedad de productos, desde los baguettes de Francia hasta los panes de masa madre. Quizá sean reconocidos como los mejores del mundo, pero sigo pensando que las hallullas latacungueñas son lo más delicioso para acompañar el café. Me emociona explicarles a mis nuevos amigos internacionales y compañeros de trabajo lo que son las tortillas, el hornado, las empanadas, los bolones, el cuy y otros platillos tradicionales. A pesar de que a ellos les resultan raros, yo los extraño con desesperación. Es justamente esa nostalgia la que me lleva a buscar tutoriales para preparar seco de pollo, encebollado y locro de papa, platillos que disfruto compartir con Francisco, mi esposo chileno, quien va entendiendo la importancia del arroz en nuestra dieta, al punto de incluirlo incluso en el desayuno.

Cada vez que voy al supermercado, reviso emocionada los productos ecuatorianos: palmitos, chocolate, atún. Aunque aquí hay una diversidad de frutas de todo el mundo, siempre procuro comprar plátano y piña ecuatoriana, aunque a veces estén por encima del presupuesto. La nostalgia también me hace seguir diciendo “foco”, “esfero”, “ñaño” y explico su significado a quienes no me entienden. Me resisto a cambiar mi acento, y me divierte cuando a Francisco se le escapan expresiones ecuatorianas.

La nostalgia me lleva a revisar el calendario y recordar las fechas importantes de Ecuador: feriados, celebraciones y, por supuesto, la Mama Negra, el Carnaval y el Corpus. Aunque aquí pasen desapercibidos, para mí son especiales. Y aunque ahora viva una nueva etapa, siempre mantengo la esperanza de regresar a Ecuador, así sea de visita. La música, la comida y los recuerdos me permiten llevar un pedazo de Ecuador en el corazón, porque la nostalgia es el sentimiento que me hace querer estar cerca, aunque esté lejos.

 

Por: Maria Jose Rodriguez H.