PEQUEÑAS VIVEZAS CRIOLLAS – GRANDES ACTOS DE CORRUPCIÓN
Las personas que vivimos en Ecuador, actualmente, estamos sumidas en un estado de zozobra y preocupación, día tras día, escuchamos o vemos noticias que nos impactan. Corrupción, violencia, inestabilidad y falta de recursos, golpean a las familias ecuatorianas. Las conversaciones con amigos y familiares, tocan en algún punto estos temas que afectan la esperanza en los días venideros.
Una de esas familias, como la nuestra, es la familia de Juan. él trabaja en un cargo público, tiene 37 años y es cabeza de hogar, sus hijas Gloria y Estefanía cursan el bachillerato en una Institución fiscal de la ciudad. Patricia, su esposa, de 35 años, trabaja en una Empresa privada como recepcionista.
Juan, después del desayuno y comentar las primeras noticias del día, quejándose de los males que nos aquejan, sale de casa, tarde. Juan va atrasado a su trabajo, deberá pensar en una buena excusa antes de llegar. ¡Es tan tarde y me toca dar una enorme vuelta para entrar al trabajo!, se dice Juan, así que, decide invadir media vía para poder ahorrarse la vuelta. Pese a eso, igual se atrasa. Juan, miente a su jefe respecto a su tardanza, le dice que su hija está enferma, tiene fiebre dolor y mucha congestión nasal, debido a ello tuvo que acompañarla hasta que se sienta mejor, ¡vaya salvada!, el jefe de Juan no lo regaña y más bien le da consejos de remedios “caseros” para esa congestión terrible.
Juan, trabaja en atención al cliente, entre sus actividades está otorgar turnos, agendar citas y resolver inconvenientes de los usuarios. Esa mañana, solo entregará siete de los ocho turnos que hay, ya que, la prima de su esposa necesita ser atendida y Juan al tener la posibilidad de ayudarla, le entregará ese turno. Son tan escasos, que no se puede desaprovechar la oportunidad.
Para almorzar, Juan tiene media hora, así que, para no atorarse con la comida, siempre se guarda el postre que le sirven y se lo lleva a la oficina, como a medio día hay pocos usuarios, se toma quince minutitos extra, en los que la ventanilla para la atención sigue cerrada, estos pocos minutos le permiten degustar con tranquilidad su postre.
Está tarde evaluarán al equipo en el que Juan trabaja, En cuanto a la parte escrita de la evaluación, Juan y sus compañeros ya habían encontrado la solución unos días antes. Un amigo de ellos, les vendió el cuestionario que les aplicarían y ahora todos han estado repasando en grupo las respuestas. Incluso, han hecho bromas de lo “vivos” que se han portado, al comprar el examen en grupo, para no tener que pagar más.
La evaluación ha sido un éxito, dicen con cara de complacidos. -Hermanos, si hasta venía en el mismo orden el cuestionario. - ¡qué brutos que ni el orden cambian! Carcajeaban entre todos con cara de satisfacción. Obviamente, los resultados publicados más tarde, darían seña de que los trabajadores están muy capacitados respecto a los cargos que desempeñan.
Después de la evaluación, Juan recordó que tenía que hacer un trámite en el banco, así que pidió a uno de sus compañeros que lo cubra por unas horas y salió de inmediato. en la fila del banco, que era casi interminable, se encontró con una muy buena amiga, conversó por un momento y le “encargo el puesto”, un ratito, mientras iba a resolver otros asuntos. Como la fila era larga, incluso comió algo rico y regresó una hora después. Ahí estaba su amiga, muy cerca ya de las ventanillas, pero las filas seguían siendo interminables.
- Con permiso, decía Juan, mientras se escabullía entre la multitud.
Las personas que estaban en la fila, empezaron a gritar.
- ¡Ey!, la fila, ¡qué le pasa!
- ¡Póngase a la cola!
Pero la amiga de Juan, intentaba controlar el bullicio con una frase cargada de seguridad. - Él ya estaba aquí, solo se salió un momento, decía su amiga, mientras hacía espacio para que Juan entrara a su puesto encargado. Mientras se acallaban los regaños entre dientes, Juan llegó a la ventanilla he hizo su trámite.
¡Qué bendición la amiga de Juan!, si no hubiese estado ahí, habría tenido que estar parado más de una hora en la fila. Se despidió agradecido con su amiga que le guardó el puesto y regresó al trabajo. Su jefe no había notado su ausencia. - ¡qué maravilla!, pensó. Era ya casi hora de salida, faltaban cuarenta minutos, -como el día estuvo agitado no tuve tiempo de revisar las redes, se dijo. Así que, se sentó frente al computador y mientras parecía que trabajaba, con un rostro muy serio para no levantar sospechas, revisaba las historias de Facebook y chateaba con sus amigos.
Hora de salida, finalizar sesión e ir a casa, pero antes una cerveza con amigos. Un día perfecto, hasta que recibió un mensaje de la profesora de Estefanía, su hija. Lo leyó mientras conducía, el mensaje con un texto que hizo que el ceño de Juan se frunciera, mientras otro conductor le pitaba de manera exagerada, - Pasa por encima, pues, decía mientras tragaba la saliva y hacia ademanes con la una mano libre, con la otra sostenía el celular. Estefanía, su hija, había copiado en el examen final y al ser descubierta respondió enojada a la profesora y salió de clase, por estas faltas, solicitaban la presencia de su padre al siguiente día.
- ¡Pero que niña!, ¡copiando, cuando debió estudiar! se quedará sin celular un mes y deberá trabajar en casa estás próximas vacaciones. ¡qué vergüenza!, ¡qué van a pensar de mí!, ya verá cuando llegue a casa.
La cerveza después del trabajo tendría que esperar, se sentía demasiado enfadado. Asi que, tomo el camino más corto a casa. Pero Estefani, a sabiendas que su papá llegaría muy enojado y que posiblemente la castigaría, aplicando las astucias que sus amigas del colegio le habían sugerido, fingió que se sentía muy enferma y se acostó a dormir temprano. Sin antes replicar a su mamá frases como: - estaba tan enferma que durante el examen no podía hacer nada, finalmente desesperada empecé a copiar. -sé cuan importantes son estos exámenes y justo hoy me enfermé. -Lamento cuánto me desesperé por mis molestias, la angustia me llevo a copiar, perdóname mamá, insistía la falsa moribunda, mientras mamá en la cocina preparaba agua de orégano para calmar el dolor.
Cuando Juan llegó, su esposa Patricia intervino por Estefanía que yacía en su habitación, fingiendo que dormía, y Juan disculpó las acciones repitiéndose a si mismo, -la pobre enfermita, no supo que más hacer. – iré mañana y hablaré con la profesora, ¿cómo no se va a dar cuenta del estado de salud de nuestra hija? ¡qué indolentes!
Llegada la noche, en la hora de la cena con la televisión encendida, escuchan al periodista decir que se hallaron mediante procesos de fiscalización, varios actos de corrupción cometidos en la asamblea. – Y estos nos representan, bola de corruptos, le dice Juan a Patricia, ella responde: - Sí, ya sabemos como son, de gana tener esperanza de que actúen de buena fe, ellos solo van para robar, se lamenta.
Así como Juan, o como Estefanía, vivimos la mayoría de ecuatorianos, cometiendo estas pequeñas faltas. Asumiendo estas costumbres como estrategias para lograr el cumplimiento de nuestros objetivos. En la historia, Juan actuaba pensando en su bienestar y ejercía estas pequeñas acciones para asegurarse de que todo marchara bien, para él y quienes él ama. Juan se queja de la corrupción que existe en la esfera Estatal, pero no racionaliza todos los pequeños actos de corrupción que cometió durante su día. De igual manera, lo hacemos nosotros.
Algunos de los actos descritos en esta historia, tal vez nos resulten fáciles de identificar en nuestra escala de valores como malos o negativos, puede que alguno de ellos, no nos suene tan malo. Quizá no hayamos cometido todos, pero, hay seguridad de que, por lo menos en uno de ellos hemos caído y hemos visto que allegados o gente a nuestro alrededor los comete también.
Nos pasamos el semáforo a punto de cambiar a rojo, nos estacionamos en los espacios destinados para usos exclusivos o en doble fila “porque es solo un ratito”. Pedimos favores para accesos a espacios, cargos de trabajo, entradas a eventos. Parafraseamos las palabras de otros y las sentamos como nuestras, nos quedamos con el vuelto de la compra, nos ponemos detrás de la ambulancia que va con las sirenas encendidas para llegar más rápido. Así, todos los días, en cualquier esfera utilizamos argucias o “vivezas” para poner las cosas a nuestro favor.
Nos sentimos molestos escuchando las grandes estafas en los Gobiernos sectoriales o nacionales. Nos repugna el trato diferenciado que se describió sobre las vacunas vip, respecto a los carnets de discapacidad utilizados para exenciones tributarias. Las negociaciones de contratos petroleros, hechas a través de sobornos y venta de favores. Todas estas actuaciones que desde nuestro punto de vista merman la confianza en el sistema y en el Estado.
Sin embargo, no nos tiembla la voz cuando requerimos favores en espacios públicos, cuando debemos hacer tramites, que, si seguimos la norma, nos tomarían una eternidad, pero que, si hablamos con fulanito o fulanita, más una pequeña propina, nos tomará máximo un par de días. Justificamos nuestras cuestionables actitudes a través de necesidades absolutas, que en nuestro criterio son totalmente razonables. Nuestras malas acciones se producen debido causas que indudablemente las justifican. Así día a día observamos el caos y corrupción de nuestro alrededor bajo un lente de una ética intachable.
Pero, no somos siempre malos, como todo y como todos tenemos también nuestro lado de “luz”. Muchas veces, salta en nosotros esa conciencia de lo justo, de lo equitativo, de lo racional y de lo lógico. Esa voz que nos dice que actuemos de manera decente y respetuosa en nuestros espacios y frente a los demás, esa voz que nos impulsa al cambio. Muchas veces, hemos acallado esa voz porque si no aplicamos esa “viveza” solo alguien más lo hará en nuestro lugar. Sin embargo, Esas pequeñas acciones, no copiar, no parquearnos mal, no pedir favores sino seguir el orden, así sea lento, parezca o no hacen revolución en nuestros espacios.
Si bien, la corrupción se ha institucionalizado en las personas, en los poderes públicos y en los privados, también el pensamiento critico es una importante ventaja en estos tiempos. Ya no ejecutamos acciones porque “siempre ha sido así”, hemos llegado a cuestionarnos el actuar de los otros y el nuestro propio, ese cuestionamiento permite que nos mostremos de manera más ética frente al mundo. Entonces, cuando generamos conciencia respecto a las acciones negativas que ejecutamos o vemos que se ejecutan a diario, en nuestras casas o en la comunidad. Rechazando las practicas deshonestas, educando y educándonos en cuanto a la importancia del respeto y los hábitos éticos, quizá, algún día podamos cambiar las estructuras macro que nos rigen y que afectan a todas y todos.
Sabemos que los pequeños actos pocas veces generan cambios significativos, sin embargo, el promover esos cambios podría representar en la actualidad y en las futuras generaciones, una transformación del paradigma social y la forma de gobernanza. Esa frase famosa de Joseph de Maistre, que dice: cada pueblo tiene el gobierno que merece, puede ser asumida como una invitación propositiva, para convertirnos en agentes de cambio, de transformación social, hacia una sociedad más justa, respetuosa y ética. Hacer un mea culpa, aceptar que estas practicas inveteradas en nuestro diario vivir solo han enraizado, y enquistado la corrupción como practica cotidiana, para desde ahí actuar como agentes con plena conciencia de su participación, indispensable en la transformación social, así, quizá algún día, aquellos que nos representan en la toma de decisiones y en la política Estatal, sean parte de esos seres conscientes del valor de la honestidad y la integridad.

