LA NUEVA ERA
Muchas veces los seres humanos podemos pecar de soberbios y esto trae graves consecuencias. Estamos en un mundo donde el tiempo pasa muy rápido, la economía es lo que prima y donde la sociedad ha perdido casi toda su sensibilidad ante el prójimo.
Explotación indiscriminada de la tierra y la mano de obra, contaminación incontrolable, rencillas políticas entre las grandes naciones, desigualdad social extrema, corrupción a todo nivel y, así, una larga lista de situaciones que se normalizaron y que ya no nos llamaban la atención, pues marcaban la tónica en la que día a día se desarrollaban nuestras vidas.
Este contexto es general, pero, ¿Qué sucedía en nuestros hogares y círculos más cercanos?
La respuesta es fácil: para la mayoría de nosotros, las redes sociales, las relaciones cibernéticas y la velocidad con que los días nos aplanaban hacían que lo importante se postergue y lo superfluo se vuelva urgente.
¿Cuántas veces postergamos una visita a nuestros padres, amigos o familiares? ¿Cuántas veces el viento, el sol, la lluvia y todo nos molestaba? ¿Cuántas veces nos fastidió el tener que lidiar con el vecino preguntón o con el compañero parlanchín?
Y es que todo lo dábamos por sentado, el que la familia y amigos siempre iban a estar ahí, los paseos por el parque y nos creíamos invencibles.
De repente, una noticia aún lejana nos llamó la atención. Un súper virus letal estaba matando personas en Wuhan, China. Al principio fue como cuando te dicen que tienes una enfermedad catastrófica, no entiendes nada y menos aún la magnitud de aquello a lo que te enfrentas.
Los noticieros se inundaron de esta información, el pánico empezó a apoderarse de algunas personas, mientras otras permanecían en la incredulidad. Aún estábamos a salvo porque el rey de los virus no llegaba a coronar Ecuador.
Los días pasaron en esta tónica de novedad y conversaciones de pasillo sobre lo que ocurría en distintos países, y quizás muchos de nosotros ilusamente pensamos que acá nunca llegaría, que era una estrategia política para desestabilizar la estructura económica internacional y generar Caos.
Todo esto cambio cuando un 28 de febrero del 2020 supimos de la existencia del paciente cero. Al día siguiente el gobierno realizó el aterrorizante anuncio de que el Coronavirus había llegado al país, muchos no lo creyeron, otros salieron corriendo a comprar insumos, pero ninguno sabía lo que se venía en realidad.
Una vez más la soberbia del ser humano hizo que cometamos errores que costarían la vida de miles de ecuatorianos. Muchos de aquellos que debían realizar una cuarentena por haber llegado del exterior o aquellos que tuvieron contacto con el paciente cero hicieron caso omiso del pedido de quedarse aislados. Es así como el rey de los virus empezó a tomar fuerza sobre todo en la provincia del Guayas.
Las autoridades en un intento por enfrentar al enemigo invisible declararon el estado de excepción y poco a poco nos dimos cuenta que la vida ya no sería la misma. Un toque de queda que cada vez se ampliaba más, enfermos que desbordaban los hospitales y personas que fallecían en las calles y en sus hogares nos demostraban que lo que se venía superaba a cualquiera de las películas de ciencia ficción que hayamos visto. Porque una cosa es verlo de lejos y otra es palpar, oler y enfrentarse cara a cara con la muerte.
Aquellos que hemos tenido suerte tuvimos un lugar cómodo en nuestros hogares para permanecer ahí. Otros que viven en condiciones de pobreza a duras penas tenían techo para protegerse; de esto, sin embargo, no entiende el virus porque ataca a ricos y pobres por igual.
Ante esta situación en donde nuestra libertad puede significar el estar sanos o no, el mundo empezó a transformarse.
Todas las estructuras que conocíamos, tanto sociales como económicas, debían adaptarse a esta nueva realidad que exige el distanciamiento social. Es ahí donde Ecuador se enfrenta a retos y decisiones por tomar.
Es increíble cómo las puertas de los negocios tuvieron que cerrar. El servicio a domicilio, conformado por pequeñas motocicletas que hacen rodar al mundo a su ritmo, se convirtió en la fortaleza de las empresas para hacer llegar sus productos de primera necesidad.
Los niños tuvieron que cambiar sus aulas por clases en línea, que en un inicio causaron más de un dolor de cabeza y lágrimas tanto para ellos como para sus maestros.
Llegó el teletrabajo, donde se trabaja dos, cuatro veces más de lo que hacíamos en las oficinas y se evidenció lo complicado que es combinar a la familia con las obligaciones laborales.
Por otro lado, estaba el sistema de salud, que jamás estuvo listo para lo que ocurrió, pero no solo en nuestro país, sino a nivel mundial.
Otros puntos de la convivencia se hicieron evidentes. El pasar 24/7 sin salir, sin poder huir empezó a profundizar varios problemas como el abuso y la violencia, y no hay que olvidar a aquellas parejas que ya antes de la cuarentena tenían problemas, ahora deben llegar a acuerdos para poder sobrevivir a este periodo.
El precio del petróleo se desplomó y el Ecuador entró a una crisis más profunda en donde la incertidumbre de qué va a ocurrir con el presupuesto del Estado nos tiene a todos al filo del precipicio.
La reducción del tamaño de las instituciones, la desaparición de las empresas públicas, el cierre de las empresas privadas y el despido de miles de trabajadores marcan el rumbo en estos días.
En medio de este caos, de este dolor por las vidas perdidas, por la corrupción existente y por la alta factura que nos deja el mal manejo de los fondos públicos por parte de los gobiernos de turno, existe esperanza.

